sábado, 21 de junio de 2008

Recuerdos de la vieja managua

Ruego a todos me disculpen el que, abusando del privilegio de dirigirme a tan selecta concurrencia, comparta estos recuerdos en memoria de mi padre, Don Felipe Mántica Berio

Característica de la Managua de mis primeros años fue el que muchos empresarios de aquel entonces, sin importar la naturaleza o tamaño de sus negocios, tenían por casa de habitación el piso alto o la parte trasera de sus propios negocios, logrando de este modo conjugar su actividad empresarial con los deberes de su vida familiar.
Por eso mi primer recuerdo de niñez - 1939- es el de mi papá, sentado al caer de la tarde, con un hijo gemelo en cada rodilla, contándonos las interminables Aventuras de Don Nicola, que él se iba inventando cada día; como lo hizo antes que él su padre don José Mántica Calvi, con sus once hijos y como lo hice yo con los míos, inventando para ellos cada día las Aventuras de Don Búho y el cuento aquel de El Cuento que No Quería que lo Contaran hasta que comprendió que si no se contaba desaparecería un día de nuestra memoria. Por eso vengo esta noche con mi cuento, para que ciertas cosas no se olviden.
Me veo con mi gemelo Felipe, cargando, o arrastrando, nuestro propio pupitre, camino a la casa-escuela de las Salvatierra, frente el costado sur del Gran Hotel donde aprendimos las primeras letras deletreando: O, Ese o, So: O-so, en el Silabario Catón, bajo la tutela de Doña Chilita, alta, correosa y dura - pero dulce - como caña de Purísima; de Doña Luisita su hermana, cachetona y sonriente como todas las gorditas y de Dña. Sarita, de rostro siempre airado; las tres con más años que el Momotombo... o así nos parecía.
Me recuerdo bajando apresurado las escaleras de nuestra casa, frente al costado sur del Almacén Dreyfus, al escuchar el grito de ( Sieempre se afilaa !, para salir al encuentro del anciano ciego, o casi ciego, de anteojos negrísimos y redondos, que alguien me ha dicho se llamó Don Wenceslao Gutiérrez, y examinar, una vez más, la ingeniosa armazón de madera de una sola rueda, que el afilador empujaba como carretón de mano y que yo estudiaba maravillado, porque luego se sostenía en posición vertical y se podía accionar entonces el pedal que impulsaba el disco de afilar. Su pregón lo cantó el Maestro Llanes en un precioso corrido que muy pocos recordamos.
Hasta nuestra casa - almacén llevó mi padre al conjunto de Los Gardelitos, integrado por el papá, la mamá y una marimba de chavalos, que fueron quizás quienes despertaron mi afición por la guitarra.
Allí, llegaba a ponernos, inyecciones a domicilio la Petroncita, que recorría las calles de Managua con un pequeño y lullido valijín de médico, color café; y nos llegaba a pelar el maistro Ernesto Esquivel, que siempre protestamos nos jalaba mucho las patillas, con su maquinita de rasurar de mano. Hoy vive en California.

Alcancé a ver los barcos de vela que llegaban a El Muelle, procedentes de San Francisco del Carnicero, donde una señora gorda, de delantal blanco y una nube en el ojo vendía vigorón. (Mi primer vigorón! Al caer el sol encendía el candil, que nos marcaba la hora de regreso. Y allí mismo recibí mi primera lección de amor y respeto a los símbolos patrios, cuando al bajarse la bandera del cuartelito que guardaba la entrada del muelle, la Chica Castillo, mi china, nos tomaba de la mano y nos obligaba a interrumpir la marcha y guardar silencio con una mano sobre el pecho, mientras duraba el solemne toque del clarín.
Más tarde se construyó allí mismo el Malecón, por iniciativa del Alcalde Andrés Murillo, cuñado de Rubén Darío a quien el Doctor Debayle acusaba de haberle arrebatado el cerebro del poeta después de la autopsia. Fue durante su administración que se ordenó que todos los caballos cocheros llevaran un bramante bajo la cola para no ensuciar las calles de Managua.
En ese malecón, vi muchas veces a quien sólo conocimos como El Campeón de Bicicleta, haciendo sus gracias y acrobacias arriba del muro de retención, con una jacket de colores brillantes que todos envidiábamos.
Me asomé a ver un maratón de baile en el Casino Olímpico, que me pareció muy aburrido y una vez me atreví a arriesgar un pleno de diez pesos, en la ruleta de Moncho Bonilla.
En una barrera improvisada presencié allí mismo la lucha a muerte de un feroz león africano contra un toro tigrero chontaleño. Fue un triste espectáculo y el respetable público optó por abandonar el local antes del fatal desenlace, porque los cuernos limados del toro nos indicaban que aquello era Pelea de Burro Amarrado con Tigre Suelto.
No se tome, por favor, como una asociación de ideas de mal gusto, pero fue también allí y en ese entonces que escuché a Oreja 'e Burro tocando su trompeta en el Copacabana; nuestro inolvidable Gastón Pérez.
Pero, sobre todo, fue donde gozamos de un resurgir de la retreta, que yo había visto en el parque Central de San José durante el exilio de mis padres a Costa Rica, en 1944, y ya matacán en el parque de León, donde las muchachas caminaban en un sentido y los chavalos en dirección opuesta, para poder hacerse alguna seña.
Al finalizar la tarde, alcanzábamos todavía a saludar de largo a las chavalas de la Asunción que, asomadas a las ventanas, nos sonreían coquetamente, pero sin atreverse a más, so pena de algún severo castigo de las monjas.
Muy cerca de ahí, en La Estación ( del ferrocarril ) y en mis viajes de regreso al colegio Centro América, compraba a escondidas el prohibido ) Y Qué Pues...? que el enorme Panchito Herradora, firmaba como Director, Redactor, Repartidor y Chupador. De él se cuenta que evadía la cárcel acostándose en el suelo, porque el levantarlo requería una patrulla entera de la Guardia.

Yo me corrí de las pedradas de Maximiliano y de los insultos de aquella pobre vendedora de lotería, que nunca fue loca o a quien enloquecieron los gritos de (Chachureca!, con que la atormentaban los chavalos del vecindario. De la Cacho >e Pelo y de la Santos Lucero que nos inspiraban horror, y de La Cocoroca quien, siendo yo muy niño todavía, me pellizcó por repetir el grito de (Viva Chamo...sa!
Guardo gratos recuerdos de El del Cabrito, cuyo nombre no debí olvidar, pero he olvidado, que llegaba a Casa Mántica en su carretoncito de propulsión a cabro, a recoger semanalmente su mesada. Y de Polito, a quien mi papá regaló su silla de ruedas y una vez me hizo viajar dos horas en el subway de Nueva York para comprarle una jacket que lo protegiera del frío. Fue nuestro primero y único C.P.F. y estaba de turno, muy serio, cuidando las vidrieras de la tienda la noche del terremoto del '72, que predijeron separadamente el Ingeniero Santos Berroterán y Sor María Romero.
Cuando cumplí seis años nos trasladamos a la casona de tres pisos de la Calle del Triunfo, la primera casa que construyó Cardenal Lacayo Fiallos, que quedó intacta después del terremoto y que una vez soñamos poder convertir en un museo que honrara la memoria de mi padre. Su paradero actual no parece ser muy claro.
Allí mismo y el propio día de nuestra Primera Comunión quedaron presos, con la casa por cárcel, mi padre y varios de sus hermanos, por el delito de ser Italianos, a pesar de haber nacido en Chinandega. Mil Novecientos Cuarenta y Uno.
Los eventos y lugares notables de esa década fueron para nosotros:
Las corridas de toros en El Caimito, donde toreaba El Gato y montaba el toro una hermosa morena de pantalones kakis; y donde vi de lejos, por primera vez, al Viejo Somoza.
La llegada a Nicaragua de Mappy Cortés que provocó casi una asonada al asomarse a la baranda del Hotel Lido Palace.
La visita de Agustín Lara, que según decían se prendó de la Negra Sansón, a quien conoció en el Lobby de El Gran Hotel.
La boda de Tachito en el Palacio de Comunicaciones, quien siendo ya Presidente preguntó una vez altivo a Jaime Chamorro, hermano de Pedro Joaquín: )Y vos quién sos? A lo que Jaime contestó: Jaime Chamorro... ) y vos ?
Las prácticas de basketball de Las Grifas, en el gimnasio, donde acudíamos para ver jugar ( o descansar ) a las lindas atletas. Fué en aquel gimnasio donde alcancé a ver pelear a Francois González, mucho antes de que naciera el Ratón Mojica, cuantimenos Alexis, que ya es de ahora ... y de siempre.
Los Matinés de El González, que tenía antes su entrada frente al Club Internacional y que se quemó poco después. Allí vi mi primera película de Tarzán.

Las compañías de variedades que llegaban al Luciérnaga, donde vimos a Paco Miller con Don Roque.
Las series de Batman, en el Cine Alameda que, como todo lo demás, se anunciaban con La Barata de Santos Ramírez. Todavía llamamos baratas, a los estruendosos vehículos que, armados de altoparlantes, continúan atormentando nuestros barrios.
Las películas del cine Tropical, con sus mecedoras de mimbre en su techada sección de Palco y bancas de palo en su sección de Luneta a cielo abierto; separadas únicamente por una verja de madera, que todo el mundo se brincaba con el primer aguacero. Solo el Arquitecto Maurice ( El Chino ) Pierson, compraba boleto de Palco y se pasaba a Luneta; como él mismo cuenta en su libro inédito: Aventuras de Cuando Yo Era Baboso.
El primer cine con aire acondicionado fue El Salazar, que se estrenó con El Gran Caruso de Mario Lanzas, que todo el mundo aseguraba era nicaragüense y de los Lanzas de León.
Y después del cine, un sorbete en el Bomboniere, con las chavalas, donde un niño de escasos siete años, aborreciendo la mendicidad, recitaba largos poemas de Darío y pasaba luego su gorrita para recoger algún dinero.
El Centenario de Managua del que fue Reina mi cuñada Mireya Cuadra de Jackman - que me ahorca si no la incluyo en estas memorias.- Para la celebración del Centenario concursaron varios compositores y Justo Santos agregó a su inmortalMoralimpia, una letra de ocasión que nos pareció a todos un auténtico sacrilegio musical y optamos por olvidar para siempre. (Que desastre! habría dicho Tinito Lopito que estrenó por ese entonces su corrido Managua.
Algunos años después, la inauguración del nuevo Estadio en ocasión de la Décima Serie Mundial de Baseball Amateur, a donde acudí el día de su inauguración solamente, para admirar a las madrinas: Maruca Portocarrero, Mary Lou Downey, Ada Francis Peñalba, Bertita Zambrano, Daisy Solórzano Thompson, Mary Lou Patiño, Yolanda Rodríguez y Luvi Navas. ( A la Undécima Serie la llamó mucha gente La Equis Palito, por sus números romanos ). Me declaro culpable de lesa ignorancia beisbolera, a pesar de que muy niño tuve el privilegio de servir de pasabolas a Chiquirín García, Moncho Méndez, el Zurdo Dávila y al Bachiller Ponciano Lombillo, cuando llegaba el Equipo Chinandega a practicar en la Quinta Nina de mi abuelos paternos, donde en 1965 tres de sus hijos construyeron el Centro Educacional Mántica Berio, en homenaje a su memoria y en agradecimiento a la ciudad que los vio nacer.

En nuestra nueva casa de la Calle del Triunfo, nos honraba con su visita Carlitos del Parque, que peinaba incesantemente las calles, vestido siempre de blanco inmaculado, como su piel; de saco y pantalón almidonados y quien, por su dulzura, me pareció siempre un ángel trashumante que hubiera extraviado el camino en su viaje de regreso al cielo; donde hoy continua, sin duda, peinando las calles de jaspe, zafiro, calcedonia, esmeralda y sardónica de la Jerusalem Celestial... mientras Peyeyeque las pule con esmero. Porque de los sencillos y de los humildes es el Reino de los Cielos.
En nuestra casa frente a Comunicaciones vivió por cinco años, Dona Florentina González y Ciprés, doctora en psicología con post-grado en ciegos y niños discapacitados, a quien logró traer mi padre como maestra de mi hermana, por concesión especial del gobierno mejicano al Doctor René Schick. Fue ella quien entrenó gratuitamente a las primeras maestras especializadas de nuestro país. Con La Operación Apolonio del Club 20-30 se inició la construcción de la primera escuelita, que quedó bajo la dirección del inolvidable filántropo, el Doctor Apolonio Berrios, vecino también de mi casa, a quien una vez visité por razones de la construcción del edificio que regaló mi padre para la escuela, y que cuando me percaté ya me había clavado una inyección.
De regreso a México, Doña Florentina contrajo matrimonio con el Doctor Ramón Romero y solo una vez regresó a Nicaragua, durante la década de los '80, para ser condecorada por el gobierno.
Los Domingos atraían nuestras miradas el Chele de Catedral, que era albino y que mirábamos pasar admirados, sin entender su piel; o el Gordo de San Antonio, sacristán de calzones tiesos por el infaltable almidón y que tenía un cierto parecido con elGordo de la Lotería, una especie de gigantona que recorría las calles con tambores, anunciando el gordo o premio mayor del próximo sorteo.
Como olvidar a Doña Pochita que vendía a 5 centavos la pana de jocotes o la pulpería de las Zelayas con los churros a medio centavo cada uno, y que vivían pegado a un señor Barillas que alquilaba bicicletas en la esquina opuesta a Comunicaciones. Al paletero de los Rolling Pin y al señor de los barquillos que se anunciaba sonando su triángulo y gritando: Que son de canela, que son de limón, señora María que ricos que son.
Gozamos del cariño de Reginaldo Montcrift, quien con su figura cadavérica atemorizó a las chavalas con su breve aparición en la película Rapto al Sol - el único nicaragüense de ese tiempo que junto a Gabry Rivas y Liliam Molieri podía jactarse de haber sido artista de cine- y cuyos títeres divirtieron a toda una generación de chavalos. Mi padre le regaló un acordeón, que nunca aprendió a tocar, y sus primeros títeres, pero los niños se reían más cuando Montcrift se asomaba a saludar, que con las gracias de los títeres.

Cuando en Noviembre de 1956 abrimos el primer supermercado de la ciudad, Montcrift, entre función y función anunciaba por sus parlantes: (Compren dónde los gemelos!, refiriéndose desde luego a mi hermano Felipe y a mí, aunque su nutrida audiencia nunca entendió el mensaje y continuó acudiendo a la Tienda Los Gemelos del Mercado San Miguel. Algún día la Alcaldía de Managua pondrá su nombre a un parque, en honor a este Quijote que consagró su vida a la niñez.
Ahí vimos a Colevaca, dormido en una banca de la Plaza de Comunicaciones, cuyo apodo permanece en el habla nicaragüense como sinónimo de metiche e igualado. Erwin Kruger me aseguraba haberlo visto entrar, siempre de leva, en las oficinas del Presidente Miguel Alemán, en aquellos tiempos en que Rogerio y Salomón de la Selva mandaban en México y el Trío Monimbó triunfaba en la X.E.W.
Mientras tanto, en Nicaragua, se iniciaba toda una nueva era de la radiodifusión.
La Voz de la América Central de Don José Mendoza Osorno fue la gran pionera en el ramo, que quedaba de la Empresa Vargas una cuadra a la montaña y media abajo y que tenía escenario y un auditorio para cerca de 200 personas.
A las 6 de la tarde, La Hora Infantil, de El Tío Popo, Rodolfo Arana Sándigo, quien iniciaba su programa con un: )Quién le tiene miedo al Lobo Feroz? Y el chavalero contestaba : (Naadie!, porque en ese tiempo todos los programas eran al vivo y en directo y no había más grabaciones que las que hacía en discos de acetato Don Juan Navas, en la Colonia Lugo. En 1959 Don Rodolfo pasó a Radio Mundial y fue el primer intérprete de Pancho Madrigal, el personaje radial de mayor duración en el país y que Fabio Gadea Mantilla encontró una vez en una cañada de su pensamiento.
A las 7 p.m., Alberto Ferrey, con su personaje El Indio Pantaleón, el pioneroensu género. A la hora del programa eran inútil visitar a las amistades, que estaban todas pegadas al radio oyendo a Pantaleón.
Y a las ocho de la noche, es decir bien noche para darnos más miedo: El Monje Loco, de Julio César Sandoval: (Nadie sabe... nadie supo la verdad, en el horrible caso de los Tres Hijos Malditos! Y una escalofriante carcajada, quizás de José Dipp Mac Connel, que nos ponía los pelos de punta.
Todo esto sucedió mucho antes del nacimiento de Radio Corporación en 1965, donde Gustavo Valle Schaffer hizo sus primeros pinitos; antes del programa político del los Bachilleres Montealegre y Aguilera, de Radio Panamericana; de Radio Centauro, de Don Salvador Cardenal, precursora de la Güegüence; la primera con programación de música clásica; de Tamakún el Vengador Errante, de Kadir el Árabe, de El Dolor de Ser Pobre o de El Derecho de Nacer con el Cuadro Dramático de Radio Mundial, y que hacía llorar a todas las señoras.

Llegue nuestro recuerdo y reconocimiento a Don José Castillo Osejo, a Joaquín Absalón Pastora, Polito Rosales, Chepe Chico Borgen, Bin Morales, Mamerto Martínez, Oscar Pérez Valdivia, Julio Orozco, Elsa Arana, Cela Lacayo, Esperanza Román, Sofía Montiel y tantos otros pioneros de la radiodifusión nacional. Y a Don Salvador Cardenal Arguello a quien debemos además la preservación y divulgación del Canto Nicaragüense.
Sabemos de sobra que podría mencionar a muchos otros personajes de ese tiempo. Pero interesa más por qué se nos han hecho inolvidables. )Será acaso que ya no existen personajes como estos?, o por el contrario existen ahora más que nunca, pero pasan desapercibidos a nuestro lado y ya no nos detenemos a mirarlos.
En un bellísimo escrito dice Pablo Antonio Cuadra :
Se muere antes. Cuando cesa el amor. La ciudad, ignora las estrellas. Pasa junto al pobre árbol famélico y ni siquiera lo interroga. Llega al mar y solo usa su infinito volumen lleno de retos y de ritmos, la ola final, la resaca, para la prosaica operación de un baño. Cuando cruza un río, o una carretera y cree admirar el desfile de sus paisajes, lo que admira es la velocidad del motor que lo arrastra. Cuando habla de la tierra ya es tarde; solo conoce la tierra en el túmulo. La ciudad envenena a la naturaleza porque ya no la ama.
Yo pienso como PAC que el mal está en nosotros y algo ha muerto adentro. Pero que quizás ha sido la nueva ciudad quien lo ha matado. Que ya no tenemos lugares donde detenernos y mirar, o lugares de encuentro capaces de suscitar una relación.
Mi hermano entrañable, el Ingeniero Jorge Arguello Barra, de fino humor incisivo, viajó una vez a Costa Rica después del terremoto y a su regreso nos comentaba con fingido asombro: (Y tienen aceras! Nosotros ya no teníamos aceras y con ellas perdimos la oportunidad de caminar y de detenernos y mirar.
Recuerdo a mis padres, sentados en la acera de su nueva casa al caer de la tarde. (Puerteando! La espera del repartidor de La Prensa. Bajo el poste de luz, el policía que enamoraba a una empleada de mi casa y a todas las domésticas del barrio. El saludo a los vecinos: (Buenas Noches!. Y el (Adiós amigoó! de cada transeúnte. Y con el puerteo, la tertulia. La de Romulete, cerca de la Esquina de los Cochones. La de Don Pedro Joaquín Chamorro Zelaya. La de los novios visitando a la novia en la acera, de aire acondicionado natural, bajo la vigilancia de la Asuegra@, siempre alerta. La del transeúnte deteniéndose unos minutos para algún comentario, una bola o el último tapazo. Y la del chavalero reunido en las aceras de alguna casa amiga. Fué allí donde nos enamoramos de todas las muchachas, antes de enamorarnos de todas y cada una en particular.

Necesitamos en Managua lugares donde detenernos y lugares donde encontrarnos. Y por eso paso a un segundo capítulo de mi juventud. El capítulo de mi Barrio, porque la identidad de los barrios se está perdiendo y se han robado hasta el nombre de la pandilla del barrio, las pandillas de delincuentes juveniles.
Mi adolescencia tuvo por escenario la confluencia de tres barrios, El de San Antonio, el de Candelaria y el de San Sebastián. Pero mi identidad fue siempre la del Barrio de San Sebastián. Quizás se deba esto a que San Sebastián tenía la mayor densidad de muchachas guapas, por vara cuadrada, de todo Nicaragua.
Partiendo del Parque Central y sobre la Calle del Triunfo: la Mercedes Quesada, la Lula y la Marguina César; la Chelo Chamorro que contrajo matrimonio con Luis Procuna y en seguida las Cardenales de Don Salvador: Adela, Mercedes, Beatriz, María Ofelia y María Dolores Cardenal Vargas. Don Salvador se mudó luego a la Avenida Bolívar, cosa que no puedo dejar de consignar porque fue en una tertulia de su casa donde vi por primera vez a Miryam Cuadra Doña, que es hoy la madre de mis hijos. Enfrente, la Rosibel Bursch que acostumbraba lavar personalmente su carro en shorts, y paraba el tráfico. Más adelante y en una casa que desapareció con la construcción de La Plaza de Comunicaciones, las dos López Caldera: la Chila, y la Eda que tenía un ojo de un color y el otro de otro - que la hacían más interesante. En esa casa vivió más tarde Mister Cranshaw, ese gran promotor del deporte en Nicaragua y autor del dicho popular: No es lo mismo Chabelita cuyo origen explico en mi libro El Refranero Nicaragüense. En la siguiente cuadra, la María Amanda Rivas, las Bolaños - René y Bertita- la Albita Peña y en la esquina de La Prensa la Anita Chamorro y La China, su hermana.
Buscando hacia el lago, el poeta Carlos Martínez Rivas, que vivía entonces junto a los Garajes el Triunfo, retirado a su tos y escribiendo poemas para Melba, super-musa y casa de por medio las hermanas Portocarrero, todas bellas. Por la Casa del Aguila, las hermanas, Aidita y María Isabel González Pasos, Liliam y Miryam Arana y la Carol Cabrales. Y acercándonos más a la Iglesia de San Sebastián, la Titabel Castrillo, MaríaElsa Salinas, Ruth Kruger, Sandra Lacayo que fue Miss Nicaragua... y la inefable Clara Parodi.
Cerca de la Iglesia, María Elena Solórzano que tenía un lunar café en uno de sus grandes ojos negros, y su prima visitante la Vilma Pastora; la Teté Barberena y por un tiempo María Adelina Recalde, a quien dedicó un bello bolero Gastón Pérez, Carmen Isabel, su hermana ... y todo un horizonte de luceros.
Yo sé que ustedes están enteramente de acuerdo conmigo, porque siempre ha sido cierto que es en nuestro barrio donde florecen las chavalas más guapas.
Deslumbrados por tanta belleza, quizás se nos escapa mi mensaje urbanístico. Y es, que mi adolescencia se desarrolló entre parques:

Hacia el Sur el pequeño Parque de San Antonio con lo que bien podría llamarse la primera Rotonda de Managua. A mi izquierda el Parque de Candelaria donde jalaba Carlos Mejía Godoy, si damos crédito a su canción Que Viva Managua. A mi derecha el Parque de San Sebastián, frente a Don Deogracias Rivas. Y atrás el Parque Infantil o Parque Frixione, donde llegábamos de niños a ver pasar el Tren de las Cinco, frente a la Escuela de Artes, donde aprendimos a patinar y alguna vez me comieron las hormigas. De ahí salimos caminando una vez sobre la carrilera, que era la vía mas fácil, para ir a conocer las lejanas huellas de Acahualinca.
Cerca de la Escuela de Artes nació Camilo Zapata, nuestro Clarinero Mayor a quien conocí tiempo después, ejecutando en su guitarra la Rapsodia Húngara Numero Dos, en la casa de Humberto Mántica, en Chinandega.
Siguiendo con los parques, el Parque Darío con su laurel centenario, en donde dice Ge Erre Ene, se exhibe el poeta con cuatro mujeres y en camisón. El parque sirve hoy de vestíbulo a este Teatro Nacional, que lleva su nombre y que fue una iniciativa de Rodrigo Peñalba, del Doctor Manuel Monterrey Solórzano, de Chepe Chico Terán y de otros quijotes como el Doctor Francisco Láinez y este servidor, que ayudamos en su diseño y construcción, coordinado todo por Doña Hope Portocarrero de Somoza a quien el Doctor René Schick nombró madrina del proyecto.
Y desde luego el Parque Central, que perdió primero sus hermosas verjas de hierro y luego un gran pedazo, en favor de la actual Plaza de La República, donde todos los años desembocaba la Procesión de Varones del Primero de Enero, encabezada por el Padre Pinedo. En sus costados: el Club Managua, donde nuestros políticos componían el país, y que solo recuerdo por sus exquisitos sandwichs de jamón y sus tronadoras papas fritas; la Catedral con la estatua de San Miguel Arcángel en uno de sus costados - porque canónicamente San Miguel es o era el verdadero patrono de Managua, con el perdón de Santo Domingo de Guzmán - y el Palacio Nacional, hoy Palacio de la Cultura.
Este ha sido nuestro parque por excelencia, con su Biblioteca Pulgarcito, su pila de las tortugas mucho más grande que la actual, sus monos perezosos, su muestrario del árbol nicaragüense, sus sillas de cemento en forma de ese para los enamorados y un terrible parquero para impedir sus abusos... y su hermoso kiosco donde la Orquesta de la Guardia y antes la Banda de Los Supremos Poderes, tocaban en las tardes los Valses de Mena, las composiciones del Maestro Vega Matus y las del Maestro Delgadillo, de noble porte y estudiada pose, a quien recuerdo siempre con su infaltable bastón de empuñadura dorada. Los irrespetuosos lo llamaban el Maistro Del Galillo, por su descomunal apetito y Chepe Mántica lo invitaba a su casa, solo por el gusto de verlo comer.

Del Parque Central regresaba a mi casa guindado de la parte trasera de algún coche, esquivando los chilillazos del cochero, o me venía a pie para ver de reojo a una chavalita de ojos zarcos y grandes colochos nazarenos que junto con su madre vendía leche - burras, espumillas, bien-me-sabes y pan de rosa, en la entrada opuesta el antiguo Monte de Piedad, contiguo a las Princesas del Dólar que era la única casa de la ciudad con buhardillas de estilo europeo y techo de metal laminado.
Como broche uniendo los tres parques, El Palacio del Ayuntamiento, es decir la Alcaldía de Managua, de estilo Romano, con escalinata y grandes estatuas a la entrada, que de este modo parecía tener puestos siempre sus ojos en los parques. Como debe ser.
Porque un parque bien concebido es mucho más que un puñado de áreas verdes. El parque es un lugar de encuentro con las personas y con la naturaleza. De descanso para los viejos. De refugio para los desvalidos. De comercio para las marchantas. De sano esparcimiento para los jóvenes y puede incluir, a bajo costo, restaurantes y centros de atracción turística, un muestrario de nuestra flora y fauna y otros elementos educativos, artísticos y culturales. Recordemos que la acera del Parque Central fué en un tiempo la única Galería de Arte que tuvo Managua, donde nuestros pintores y escultores exhibían sus trabajos, como se continúa haciendo en tantos otros parques de Europa y del mundo entero.
Cosas como estas parecen estarse cocinando ya en los proyectos del Ingeniero Cedeño. La Managua post terremoto tiene abundante lotes vacíos para parques y nuestros últimos alcaldes una nueva visión para la Managua del futuro.
De hecho, la Managua que recuerdo fue siempre una Managua terremoteada que fue sanando sus heridas poco a poco. Una página en blanco que se ofrecía a sí misma a los urbanistas y arquitectos con visión, para diseñar en ella la Futura Managua, y que no supimos aprovechar a plenitud.
Entre los siete y los nueve años de edad, una bandada de chavalos recorríamos diariamente a pie la distancia que había del Instituto Pedagógico La Salle hasta la Calle del Triunfo. Esto fue antes de Los Gatos Renault cuando de la Cervecería hasta el Field y de la Explanada hasta la Escuela de Artes, que eran los límites de la vieja Managua, se podía viajar en taxi por un peso.

Bajando por la Roosevelt, del colegio hacia la casa, ( antes de que aparecieran las primeras oscuras golondrinas ) el primer lote vacío estaba contiguo a Chico Negro, donde se construyó después la Compañía Automotriz y están hoy las oficinas de la Vice Presidencia de la República. Un par de cuadras hacia el lago, el lote vacío donde se construyó luego F.& C. Reyes y contiguo a éste, un lote con construcciones temporales que intentamos comprar pocos días antes del terremoto del >72 en un millón de Córdobas, para agregarlo a nuestro Super de La 15, pero cuyo precio pareció muy bajo a sus dueños. Más al norte, el lote que alquilaba Don Carlos Cardenal para sus talleres, junto al almacén que llevaba su nombre y donde se instaló la primera y última escalera eléctrica del país de una casa comercial, en la Esquina de los Coyotes. Y enfrente el Edificio Adela con el Banco de América que se fundó en 1952. Más adelante las dos esquinas vacías frente al Gran Hotel donde de se instaló después una gasolinera y donde la Chalía, una de adentro de mi casa, montó su propia fresquería, y vendía sus refrescos en grandes vasos ochavados, antes de la invasión de las bolsas plásticas, que se inició con los famosos Bolis.
En la esquina Norte del hotel y bajando hasta el Palacio Nacional, otro lote vacío donde se instalaba y vi actuar por primera vez a Firuliche y su burro, en el circo que pomposamente se anunciaba como Gran Circo Imperial Salvadoreño.
Frente a mi propia casa, un patio enladrillado, restos de una casa derruida, con un bajo muro que alguna vez fue pared y que las dueñas indignadas mandaron quitar para que mi abuelo materno el General Gustavo Abaunza y Torrealba, eterno enamorado, no se sentara en él a ver pasar las muchachas que regresaban del colegio. El mismo don Gustavo, que vivía en la esquina sur del gimnasio, presumía de que su juventud se debía a que muy de mañana abría las persianas para dejar entrar la brisa que le llevaba el aroma de las chavalas del vecino Colegio Chepita de Aguerri.
Lo recuerdo siempre con su fino sombrero, que para demostrarnos que era de puro jipijapa, enrollaba ante nuestros ojos, como un puro habano. Nuestros gobernantes han sido siempre objeto de los chistes mas crueles y de uno de ellos se asegura que cuando le preguntaron si su sombrero era de Jipi-Japa, contestó: Nopo-Sepe.
Contiguo a Don Victorino Arguello, el solar vacío de lo que luego fué el Pan Fino y enfrente, el solar vacío contiguo a la Prensa, que se convirtió luego en los Garages El Triunfo. (Managua llena de cicatrices!
Triste destino el de la ciudad aferrada a su antiguo centro, que en el momento mismo en que terminó de llenar los huecos que dejó el terremoto del >31, terminó convertida en un inmenso hoyo negro. Sus ruinas desperdigadas y sus solares vacíos nos sirven de recordatorio y advertencia.
He abusado de su paciencia. Esperaban quizás un estudio erudito de la Vieja Managua y de su historia y he compartido solamente mis recuerdos de infancia, que quise revivir en memoria de mi padre.

Pero la historia está hecha de memorias. De las que nos invitan a no repetir la historia y de las nostalgias que nos llaman a construir la Ciudad con la vista puesta en el hombre concreto. La ciudad donde podamos detenernos para mirar y admirar... Y encontrarnos unos con otros, para podernos relacionarnos como personas, en un mundo impersonal, sin rostros, sin nombres y sin amor.