jueves, 12 de junio de 2008

El buen ejemplo de una herencia familiar

Mercedes Gordillo

Leyendo el respetable libro Álbum de los Mántica de Nicaragua, realizado por Felipe y Carlos Mántica Abaunza, donde aparecen registrados documentos, fotos, escritos del fundador de la familia don José Mántica, nacido en Dian Marina, Italia, y llegado en un vapor a través del estrecho de Magallanes a Corinto y Chinandega, Nicaragua entre 1875-1878.

Posteriormente viajó 3 veces a Italia y contrajo nupcias con doña Nina Berio, formando la familia Mántica Berio que procreó 13 hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, acaso también algún chombo. Es decir: podemos cerciorarnos claramente sobre el transcurrir de 6 generaciones en esta familia que a punta de trabajo honrado ha podido superar los embates de la historia geográfica y humana sufrida en Nicaragua: dos terremotos, huracanes, incendios; dos revoluciones, dictaduras, dos guerras mundiales, exilios, saqueos, entre otros males del último siglo.

Sin embargo, los Mántica han podido soportarlo todo estoicamente. Se han levantado de los escombros y las cenizas debido, en mi opinión, a una valiosa herencia familiar transmitida de generación en generación consistente en profundos valores éticos, morales, cristianos, con trabajo honrado, no robado. La profunda convicción que para obtener una vida cómoda, en paz con Dios, con ellos mismos y con su prójimo, hay que sudar de sol a sol. Como ejemplo de vida, esta familia ha desarrollado valores en este país desolado y ultrajado por tanta corrupción.

Durante el transcurso de los años, los nicaragüenses venimos padeciendo verdaderas crisis de valores, se ha llegado a trastocar o cambiar lo bueno por lo malo, “tanto tienes tanto vales”, sin saber cómo se obtuvo. “Ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón”, o sea que no es tan ladrón o no importa mucho que robe lo mal habido. Los valores, esa espléndida herencia familiar de la gente honesta, que antiguamente no necesitaba firmar contratos ni pagarés, para cumplir lo convenido, cuando aún no se había instalado en nuestra sociedad la guatusa del Güegüense, con mi debido respeto a esta obra cultural.

No quisiera que este escrito se confundiera con una lección de moral y cívica, como las que recibí en primaria. A través de la historia sabemos de la corrupción inherente al ser humano; capaz de realizar hasta lo inimaginable por alcanzar el poder que representa el oro. Es por esta razón que deseo llamar la atención hacia la honradez, que puede o no puede transmitirse de generación en generación, aún en los tiempos que vivimos.

He traído a colación el tema porque pienso con tristeza en los descendientes de corruptos:

¿No pensaron en sus hijos?

¿No pensaron que por mucho tiempo serán señalados y despreciados?

¿Los progenitores no creyeron que algún día se van a morir, que no son inmortales?

¿Que lo robado puede matar a los más desposeídos: hambre, destrucción moral y física?

¿Nunca pensaron que todo tiene un fin?

¿Que posteriormente algún día podrían ser denunciados, juzgados?

¿Que terminarían presos, con su familia dispersa, atemorizada, sufrimientos que pueden durar el resto de sus días?

Escribo pensando en nuestro futuro, por cariño a nuestros descendientes. Hago un llamado a reflexionar sobre los valores y los antivalores que deseamos heredar o transmitir, con la sencillez de los humildes: “Yo soy pobre pero honrado”, o del rico que pueda afirmar: “yo soy rico pero honrado”, porque ambas cosas son posibles. La herencia de los Mántica también podrá obtenerla otras familias dignas del país, creo que afortunadamente existen, aunque cada vez más escasas. Debemos recuperar la ética.

La autora es poeta, escritora y crítica de arte.